Emulando a Newton

Imagen de Juanra Díaz

Sin censura

Cortesía de Antonio J. Ruiz Munuera.

 

MORTIS CAUSA de Antonio J. Ruiz Munuera. (en Mortales. 21 relatos de viaje al otro barrio. Ed. MurciaLibro. 2019).
Su presencia vítrea me perseguía por la ciudad como una sombra.
El primer reflejo de seducción impactó sobre mí en el aeropuerto de Heathrow. Mientras corría
hacia el metro por la terminal 3, ella me asaltó desde los marcos publicitarios de los interminables
pasillos. Abarcando toda la galería con su mirada giocondina, una azafata de la Air Vanuatu me
observaba desde el póster. Entallada en un traje burdeos, puro contraste con su piel azabache,
miraba al espectador con desenvoltura mientras caminaba hacia la cámara. Como fondo una
quimérica sala de espera, limpia y sin pasajeros hacinados en los bancos, subrayaba su magnífica
presencia. Los rasgos melanesios -una acertada simbiosis racial entre el morfotipo atlético de los
africanos y la fragilidad de los asiáticos- favorecían mi ensimismamiento. Hechizado, dejé clavada
la vista en el cuadro ignorando que la cinta mecánica llegaba a su fin. Incapaz de centrarme en mis
necesidades inmediatas tropecé con el escalón, provocando un dulce aterrizaje sobre un dispensador
de donuts que dejó impreso sobre mi rostro su redondo logo corporativo.
Una vez en el metro dediqué toda mi atención a lo que me había llevado a Londres: una exposición
fotográfica de Helmut Newton. Aunque había visto varias muestras temporales, nunca antes de hoy
se reunió una retrospectiva del genial fotógrafo alemán. Sobreponiéndome al traqueteo de los
vagones y al opresivo empuje de los viajeros que llenaban a esas horas el subterráneo, conseguí
localizar la línea que me llevaría hasta la Barbican Gallery, la sala que albergaba la exposición.
Agradecido por salir a la intemperie subí los escalones del metro, atropellándome con mis propios
pies. La luz matinal -extrañamente brillante para la ciudad de las nieblas perpetuas- me cegó
durante unos largos segundos, suficientes para ponerme a tiro de un autocar de línea. El mastodonte
rojo pasó frente a mi cara a la velocidad de un cometa, a punto de tatuar en ella un nuevo recuerdo
turístico. Cuando la sombra de sus dos plantas me permitió enfocar, dos niños me hacían gestos
burlones desde los cristales traseros del bus. Bajo ellos y rotulada a escala natural sobre la chapa de
popa la chica del aeropuerto se dirigía a mí, ataviada con ligeros ropajes deportivos. En un
incómodo apoyo sobre una raqueta de tenis -que acentuaba su hermosa curva lumbar, perlada de
sudor- anunciaba la proximidad del torneo de Wimbledon. Mientras se alejaba minimizándose con
zoom en plano fijo, procuré salir del estupor que me había producido su estimulante visión. Sin
duda, el traumático encuentro con el autobús y su frustrado intento de decapitarme explicaba la
pasajera alucinación.
Algo recompuesto me orienté en la plaza para encontrar, al fondo, la inclasificable estructura del
Barbican Centre. El lugar -que alberga entre otras la sede de la Orquesta Sinfónica de Londrescuenta
con el dudoso orgullo de calificarse como el edificio más feo de la ciudad. Ejemplo puro del
brutalismo arquitectónico, más que un espacio de arte parece una fortaleza medieval.
A pesar de todo la sala de exposiciones no podía ser más apropiada. Conocida como The Curve, una
estancia sin ángulos de belleza asimétrica, valía por sí misma una visita. Sus paredes elípticas,
obsesivamente blancas, eran el mejor soporte para colgar en ellas las sinuosas imágenes de Newton.
Como una ventana abierta al subconsciente del artista las fotografías mostraban –a veces con
crudeza- todo el impulso erótico que movía su obra, que había publicitado a los mayores imperios
de la moda durante varias generaciones.
Después de contemplar maravillado docenas de fotografías tres de ellas, positivadas a tamaño
natural, me imantaron sin remisión. Ocupaban el semicírculo oeste de la sala, inundado a esa hora
temprana por la luz blanquecina de la mañana. A la izquierda una mujer de piel albina, casi
traslúcida, lucía orgullosa sus delgados rasgos caucásicos mientras cruzaba los brazos sobre el
pecho, desafiante. A mi diestra una muchacha oriental, de melena lacia y oscura, imitaba la posición
anatómica de Galeno, con los pies simétricos y las palmas de las manos en rotación externa, en
actitud oferente. En el centro, casi envuelta por las curvas de la pared, estaba de nuevo ella.
Con la cabeza caída sobre el pecho sus ojos miraban hacia mí con un pudor mal disimulado,
destacando el blanco increíble de su esclerótica. La desnudez -rotunda- parecía subrayada por sus
manos, apoyadas en las caderas. Su hechizo, oscuro y nítido a un tiempo, me había trastornado para
siempre.
Malparado salí de nuevo al exterior, vagando sin rumbo en un vano intento por volver a la realidad.
A esas alturas la musa de los anuncios se abalanzaba sobre mí desde cualquier rincón de la ciudad,
turbándome hasta casi enloquecer. Periódicos, escaparates, fachadas encoladas de carteles.., Mi
encantamiento alcanzó su apogeo cuando, dejándome llevar por el impulso gregario, me vi
arrastrado por un grupo de turistas japoneses que se dirigían a la Tate Gallery. Mientras los nipones
protestaban airadamente por impedirles quemar las obras de arte con sus flashes, yo volvía a entrar
en trance. Entre los coloridos óleos de Gauguin una mujer morena -apenas abrigada con un pareose
postraba ante mí completando el sortilegio. La lipotimia, fulminante, se llevó por delante a dos
orientales, a los que derribé con mi vahído enamorado.
Al despertar, algo aturdido y acunando entre mis brazos una botella añeja de Chivas Regal, supe
que había sido un sueño. Descansaba repantigado en una parada de autobús cuando reparé en la
imagen del espacio publicitario. Sumergida en el mar oscuro y a contraluz de un sol poniente, una
silueta femenina nadaba en ingravidez. A la campaña, que anunciaba aceites corporales hidratantes,
sólo le faltaban olores. Aún confuso por los efectos etílicos del brebaje escocés cerré los ojos
durante un tiempo indefinido. Al abrirlos, la pierna y el rostro moreno de una mujer atravesaban,
goteando, el cristal de la marquesina. En mi siguiente parpadeo unas caderas huidizas subían los
escalones del bus de Oxford Circus. Su desnudez morena, difusa entre la niebla, me aclaraba la
situación. La parca, jugando a la seducción, me mostraba el camino.

 

JuanRa, fantástica!!

Creo que me gusta más la tuya.

Jaja, muchas gracias.